El viernes fue un día normal. Después de preparar al peque para la guardería, antes de las nueve de la mañana, me quedé como otros días, sola conmigo misma. Conmigo misma y con la tele, de fondo. Encendí el ordenador, repasé Infojobs, la web de azafatas y promotoras, Facebook, el correo y el blog. Hice las camas, desayuné poco, como siempre y preparé otro currículum. Lo llevé a un centro comercial donde ya trabajé hace un año y medio. Me acompañó mi madre con su coche, siempre dispuesta. Si no fuera por ella… Ha tenido una vida con tropiezos difíciles. Demasiado. Le debo tanto y me ha dejado el listón tan alto… De repente caí en la cuenta del día qué era. Al día siguiente era mi santo. La festividad de mi nombre, el que eligió mi padre, el mismo que su abuela. El nombre que él siempre quiso que yo llevara. Su hija, a la que apenas conoció. En herencia tengo este carácter “así”, la necesidad de escribir, la ironía de los Fernández, el placer por los sabores fuertes. Casi no lo conocí, ...